“Todas las cosas tristes me aprietan el corazón esta
noche…”; escribió Michel con su teclado púrpura, la habitación estaba
completamente a oscuras pero la luz del ordenador dejaba iluminado su rostro y
los gruesos mechones de su cabello rizado.
En algún momento entre las doce de la noche y las tres de la
madrugada, el sueño le venció y perdió toda conciencia de su novela, de la
tristeza y del corazón apretado bajo su camiseta vieja. La noche paso y durmió
profundamente sin poder descansar del todo; cuando dieron las siete de la
mañana, despertó con la cabeza hecha de migraña y el cabello aún más revuelto.
La garganta estaba tan seca que toser le hizo arquearse
sobre la silla ejecutiva nuevamente, entonces recordó que anoche había olvidado
guardar los cambios en el documento de la novela. Abrió la pantalla,
ingresó su contraseña ultra segura y checó el documento, no se había perdido
nada, el cursor parpadeaba justo después de la palabra “noche”.
Respiro con alivio y se levantó rumbo a la cocina; hasta más
tarde, mientras esperaba en la fila de la cafetería, recordó el papel hecho
bola que cargaba en el bolsillo de su chaqueta, lo desenrolló discretamente y
observó cuidadosamente todas las líneas que
se debían llenar, no pedía nada extraordinario: nombre, su dirección de
correo electrónico, edad, comida
favorita, alergias…
-¡Que tontería! – dijo más alto de lo que esperaba y la
gente de alrededor le miró mal. De igual modo, sacó un bolígrafo pequeño y
empezó a llenar el papel, ni siquiera lo había decidido hasta ese momento y le
seguía pareciendo una tontería pero quiso saciar su malsana curiosidad.
Cuando encontró el buzón más cercano, lo tiró dentro y
siguió con su día.
Unos días después, su correo electrónico apareció con
notificaciones nuevamente, eran tres. En una se le daba la bienvenida y se le
explicaba todo el concepto de la sala de eventos. En el segundo se le daba una
lista e instructivo que tenía que aceptar como si fuera una hoja de términos y
condiciones cualesquiera, Michel lo hizo. Y por último, el tercer correo
electrónico tenía los accesos y claves correspondientes para continuar con la
experiencia.
Paso largo rato meditando los pro y los contra de ir a su
cita, pero al final terminó invirtiendo la última hora buscando el mejor
atuendo y peinando los rizos frente al espejo de su recamara. Cuando termino
aprobó su apariencia, se regaló una sonrisa y salió rumbo al restaurante.
La plaza donde se alojaba la sala de eventos era enorme,
había pasillos amplios, puestos alrededor, una fuente central, miles de
restaurantes pequeños de la más alta variedad; aquello era un lugar donde el
tiempo no pasaba igual que en el resto del mundo, un lugar donde, si quisieras,
podrías quedarte para siempre sin necesitar nada más.
Michel se dirigió hasta el restaurante hindú del fondo; era
muy elegante, así que se arrepintió de no traer el abrigo de gala en lugar de
su chaqueta de cuero. Suspiró y pidió el menú, su cita aún no llegaba por lo
que solo lo leyó varias veces para decidir, ya que sería de muy mal gusto pedir
antes de una persona que no conocía.
Fue entonces que un hombre de barba tupida y anchos hombros
llegó sonriente a la mesa.
-¿Michel? Soy Ethan…
-Hola, cómo estás –Michel intentó sonreír pero una mueca
incomoda eclipsó su rostro, Ethan se
sentó simplemente.
-¿Es tu primera vez, verdad?
-Sí, la verdad es que no me convence mucho este concepto…
-Pero es genial, te mostraré, comienza tú primero. – Michel
iba a hablar pero el mesero volvió y tomó la orden, cuando se fue; optó por
inclinarse más hacia Ethan como si aquello pudiera ser un secreto, y como si
todas las personas ahí no supieran ya a lo que iban.
-¿Así solamente? ¿Empiezo y ya?
-Sí, dilo todo… todo lo que quieras decir. Yo solo voy a
escuchar… y a responderte si me lo pides.
Michel tomó aire y sin querer, volvió a inclinarse más; el
aliento de Ethan olía a chicle de fresa cuando le sonrió pero logró
transmitirle más confianza.
-Crecí en un barrio muy pobre… mi familia era… cómo decirlo…
demasiado ruidosa, en lo cotidiano, quiero decir… lo típico, mi mamá decía “¡Bajen que ya está el desayuno!”, y mi
padre solía gritar “¡Que se hace tarde
para la escuela, levántense bola de…!”-Michel se detuvo a tiempo. –Lo siento…
me deje llevar.
-No, no, no te disculpes Michel, aquí puedes decir lo que
sea, en el contexto entiendo que no es una grosería para mí, créeme, no está
mal, al contrario vas perfectamente. – su expresión era sincera y tranquila.
-Bien… todo ese ruido hizo que me gustará lo contrario: el
silencio. Añoro cuando puedo solo sentarme frente al ordenador para escribir y
escribir, a veces lo hago por varios días seguidos, sin dormir, sin comer… solo
estoy yo y mi gato en casa, así que no hay problema – Mintió porque le daba
pena admitir que ni siquiera tenía un gato- digo, le dejo suficiente comida
para esos casos.
-Entiendo, entiendo. – sonrió amablemente Ethan.
-Entonces, en qué iba… ¡ah ya! El silencio es buena compañía
pero… hace tiempo ya… me enamore perdidamente de… alguien que ya no está… no
murió…eso… eso habría sido una respuesta, simplemente desapareció de la faz de
la tierra, no sé si por voluntad o porque le secuestraron… -Hubo silencio otra
vez, esperó un poco pero ahí nadie censuraba las palabras más tristes como en
las redes, ahí se volvían más reales y aplastaban más.-No me malinterpretes, no
quiero saber si murió, no quiero que muera… pero tampoco quería que me
abandonara… y ahora estoy tratando de superar esta situación. Es ridículo que
me duela tanto cuando siempre me acostumbre a hacer todo por mi cuenta,
estudiar, curarme las rodillas raspadas, bajar a prisa a hacer mis deberes,
arreglarme pronto para salir y que no me riñeran más. Nunca tuve una palmadita
en la espalda que me dijera: va, ahí tienes la recompensa de tu trabajo duro…
toda la vida ha sido una sucesión de obligaciones y de cosas que “quiero”, pero en realidad nunca he tenido claro lo que
quiero. Hasta que le conocí… y ya, es todo lo que quería decirte.
-¿De verdad, no se te ha quedado nada? Puedes decir lo que
quieras… está cita puede durar días seguidos, lo que quieras…
-No, está bien, solo quería decir algo conciso, por ahora…
te agradezco que me hayas escuchado. ¿Qué harías tú en mi lugar? – Ethan rió
amablemente, a Michel no le incomodó para nada, el tipo era confiable.
-¿quieres una opinión sincera o psicológica?
-La sincera por supuesto- Entonces Michel también rió.
-Yo conocería más gente, a la par que estaría abierto a
investigar más sobre qué le paso. Lamento que duela así pero lo que puedes
hacer ahora es limitado. Aunque si aún no lo sabías, hay una división de la
sala de eventos que tiene investigadores privados.
-Sí, tienes razón, creo que lo vi en algún anuncio. Ahora
cuenta tú…
-Claro, ¿te ha gustado la respuesta?, recuerda que puedas
continuar hablando tú si lo decides, en cualquier momento.
-Sí, muchas gracias Ethan.
-Bueno, yo nací en Detroit, me uní al ejército a los 18, soy
la viva imagen de mi padre, la misma barba y bueno, también militar, igual mi
madre era enfermera. Estoy felizmente casado también con una enfermera… -
Michel asintió para corresponder a la divertida sonrisa de Ethan. – He tenido
una vida en lo que cabe plena… bueno, no tengo una de mis pantorrillas…
Ethan se levantó el pantalón de lino y mostró una prótesis
plateada, Michel se mareó un poco de la impresión pero logró recomponerse y
seguir la conversación.
-Lo que me quita el sueño es mi hijo adolescente. – Continuó
Ethan – No quiere ser militar obvio, igual y tiene 14 años, tal vez cambie de
opinión, pero es un chico tan rebelde como quizá mis más reacios antepasados.
La plática continuo sin que se acabaran las sonrisas, Ethan
era agradable e incluso Michel le dio algunos consejos sobre su hijo, en base a
como se había sentido en su propia adolescencia. Cuando salió de la sala de
eventos, se cruzó con otro par de desconocidos que se hallaban sentados en la
banca del estacionamiento, los escucho ponerse de acuerdo; aquella platica duraría días porque la mujer
que hablaba en ese momento no paraba de llorar.
La experiencia era definitivamente una tontería, aunque algo le había aliviado; y sin duda el
paquete que pidió, el de un escucha cuyos problemas no fueran ni muy graves ni
muy ligeros comparados con los suyos, era justo lo que prometía.
Aun así, nada reponía el dinero que se había gastado
investigando la desaparición y aquella
inversión en la sala de eventos era lo último de su fondo de ahorros; ahora
tenía que dar punto final a esa etapa de su vida, donde el corazón aún latía en
su sitio y no solo en las letras de su novela. Podría ser feliz como cualquier
persona, pero tendría que perseguir la tristeza eternamente.
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