Cuando la enorme puerta se abrió,
las bisagras crujieron y una nube de polvo lo cegó por unos minutos. Mientras
tosía y manoteaba, entró lentamente en la enorme biblioteca, adentro había más
polvo y una galería amplia tenuemente iluminada por los rayos que alcanzaban a
entrar por tragaluces cuidadosamente distribuidos alrededor. No había más que
un ventanal que adornaba la pared posterior, ahí estaban las mesas, las sillas,
unos tres sillones mullidos completamente grises por el polvo y un elegante
escritorio de madera antigua, de esos que los abuelos presumían en los
despachos.
A Yei le habría encantado aspirar
el olor a “libros” pero lo único que dominaba en el lugar era el polvo, había
más y más en cada esquina y le pareció
que si se quedaba mucho tiempo terminaría perdido bajo una montañita de polvo
como la que se encontró bajo el escritorio, y como la que lo recibió, entre un par de
estantes cuando se animó a explorar entre los tomos antiguos y los libros más
ligeros desperdigados entre las sombras de la vieja biblioteca.
Se hacía de noche pero entre más
sacudía el polvo de los libros y descubría más y más tesoros literarios y
científicos, más quería permanecer ahí,
cerca de las ocho se recordó que tenía mucho trabajo para los siguientes
meses: limpiar, restaurar, reacomodar todo y posiblemente antes de terminar el
año podría volver a abrir; con esa promesa se resignó a marcharse a casa para
recargar fuerzas y volver temprano al día siguiente.
Por supuesto, no pudo dormir. Así
que decidió levantarse muy de madrugada para preparar los utensilios y los
bocadillos que llevaría a su día de trabajo, deseaba estar ahí apenas los
primeros rayos de sol pudieran colarse por los tragaluces.
Picó la fruta y llenó su termo de
café mientras tarareaba alguna nueva canción que habían pasado por la radio.
Tenía desperdigados por el suelo de la sala: algunos trapos, productos de
limpieza, una escoba, marcadores y su libreta para organizar; primero guardó
una muda de ropa para volver por la tarde, y enseguida fue acomodando
cuidadosamente todo en su mochila, era una mochila enorme color verde militar
que había usado alguna vez para acampar con su padre. Se recordó entonces que
su padre estaría muy orgulloso de él, si pudiera verlo, pues no era poco mérito
tener a los veintinueve su propia biblioteca.
El día pasó veloz, cuando se dio
cuenta eran casi las tres de la tarde y apenas una pequeña sección de la
biblioteca volvía a lucir su piso de mármol de color brillante en lugar del
color gris del polvo. Pesadamente, avanzó hasta las mesas, limpió la esquina de
una de ellas y se sentó sobre una silla entierrada para recargar los brazos y
tratar de tomar una siesta, sentía que había demasiado trabajo y ese hecho le
apretaba el pecho y el estómago pero también le trituraba las piernas al mismo
tiempo. Se preguntó si algún día terminaría de verdad o si al día siguiente
volvería solo para encontrar que el polvo se había tragado nuevamente la
sección que hoy había limpiado.
No lo pensó mucho porque dedicó
el resto de la tarde en limpiar y acomodar los libros sobre las mesas, los
movió y clasificó cuidadosamente, registrando cada tomo en su libreta, “como un
boceto”, se dijo, porque bien sabía que tendría que conseguir pronto una
computadora que le facilitara la vida. También podría contratar a alguien para
limpiar pero quería disfrutar cada parte del proceso, y saborear el
descubrimiento de cada título nuevo a media tarde, cubierto de polvo,
hambriento, cansado y sediento entre los estantes, las sombras y el polvo que a
ratos hasta parecía su amigo.
Los días siguientes fueron casi
iguales, salía muy temprano y regresaba muy noche, pero la biblioteca aún
parecía un lugar abandonado, bello, pero más abandonado que vivo. Yei estuvo a
punto de rendirse, un día ni siquiera volvió a casa, paso la noche en una de
las mesas, recostado sobre ella y contando las estrellas que alcanzaba a ver a
través de los tragaluces, lo sentía una forma de despedida y apenas asomaron
los rayos del sol, salió por comida y volvió treinta minutos después con la
cabeza gacha y un café caliente que apenas entró olvidó en algún lugar y no
volvió a tocar en el resto del día.
Cuando estaba por anochecer,
decidió clasificar los últimos dos libros, otra suerte de despedida, para ver
qué sentía y decidía al día siguiente. Le pareció muy extraño que esos dos
tomos de un descolorido lomo vino amarillento, pesaran como si fueran los
primeros tomos de una enciclopedia de ciencias, era exagerado para un par de
libros viejos y posiblemente llenos de polillas.
Pesaban tanto que antes de llegar
a la mesa se resbalaron de sus manos, y
Yei cayó con ellos mientras intentaba evitarlo, los tres terminaron cara al
suelo y cuando los levantó se fijó que estaban escritos en otro idioma, intentó
recordar de qué sección venían pero lo había olvidado por las prisas, no podía
llevarlos cargando pero les tomó una foto para investigar de qué idioma se
trataba.
Pasó una semana antes de que volviera
a la biblioteca. Había pasado los días obsesionado con la investigación,
comparó idiomas cada vez más antiguos y descubrió que aquello era un tipo de
griego descontinuado. Se propuso descifrarlo, buscó en cada libro de la
biblioteca sobre el idioma, anotando cada signo localizado correctamente con
sumo cuidado en su libreta clasificadora, poco a poco, la mesa quedó limpia de polvo
pero llena de múltiples objetos que le otorgaban una vida de “cueva”, Yei había dejado sobre ella varios vasos de
café vacíos, algunas envolturas de comida y hojas garabateadas y arrancadas con
furia cuando la traducción se atrasaba o parecía estancarse en una idea incoherente.
Siempre volvía al mismo callejón
sin salida, con una palabra que se repetía en cada párrafo pero que no sonaba
completamente lógica con el resto del contexto: “tiempo”. Al final, decidió
usar un truco, buscó foros y propuso su propia teoría, discutió largas horas en
la madrugada para definir cuándo había surgido esa variante del griego y sus
diferencias con el actual. A Yei se le daban bien las letras, su padre le había
enseñado todas las cosas sobre las palabras, sabía cómo rastrearlas y hacerlas
parte de su cerebro de una forma tan sencilla como si de ponerse un par de
calcetines se tratara. Era un talento que venía de familia, por lo que no tardó
en deducir e hilar cada vez más frases que completaran la famosa página ahora
acariciada con tanto fervor que parecía haberse rejuvenecido y dejado el
amarillento color del paso de los años para tornarse más rojiza bajo los últimos
rayos de luz en el atardecer. Se quedó despierto por casi dos días hasta que
comprendió la odisea cuidadosamente detallada que ponía esa simple página, era
la introducción, alguien había logrado capturar el tiempo y los gruesos tomos
eran las instrucciones de su proceso.
Entonces volvió inmediatamente a
la biblioteca pero no se llevó su mochila, paso largo rato sentado frente a los
tomos, registrando una receta imposible que parecía que solo él podría leer,
era su obligación hacerlo.
Por eso lo hizo, pasaron más de
veinte meses antes de que los tubos con sustancias de colores llenaran el resto
de las mesas; Yei compró dos grandes escaleras y mandó poner andamios para él
mismo cerrar y abrir los tragaluces conforme necesitara de los rayos del sol.
Mudó su cama y su estufa a un extremo de la biblioteca, le hizo unas paredes
con los estantes y se estableció definitivamente entre el polvo, ya no le
irritaba para nada; su cabello antes de un castaño claro llegando a miel, ahora
era un amasijo de mechones grises que adornaban su rostro pálido, parecía tan
vivo como la biblioteca y lucía algunos años más por la barba descuidada que
empezaba a adueñarse de su mandíbula.
Ya no le importaban demasiado las
cosas del mundo, ni lo vano de su aspiración de inaugurar una enorme biblioteca en la ciudad, una que
llevará por nombre el apellido de su familia, que hiciera que su padre
estuviera completamente orgulloso de él desde cualquier lugar donde se encontrara.
Se repetía constantemente que había logrado por fin desapegarse del ego, que
tenía un destino más sublime, una misión con la humanidad.
Dejó que los matraces y los tubos, con sustancias tan amorfas y dispares
como los libros que lo observaban desde los estantes, lo llenaran todo: las
horas frías de la madrugada donde su roída chaqueta de mezclilla resultaba
insuficiente y los primeros minutos de
la mañana cuando los pajarillos interrumpían el silencio de un vasto espacio
cada vez más lleno de hojas tachadas con fórmulas que parecían pequeñas
hormigas a punto de salir del papel.
Y durante la noche seguía la
misma realidad que continuaba al día siguiente, el joven Yei casi desaparecía entre
el desorden de aquel improvisado laboratorio, pero se le escuchaba reír alegremente
cuando alguna predicción resultaba certera y los líquidos multicolores
burbujeaban en los tubos. Se sentía tan cerca unos días, que casi respiraba la
velocidad de la luz, como si pasara a su lado levantando el polvo y dejando una
estela de brillantes puntos dorados. No podía rendirse.
En realidad, nadie sabe cuánto
tiempo permaneció ahí, perdido junto con la biblioteca, hasta que una noche, un
estruendo azotó el silencio, unas líneas doradas aparecieron enmarcadas por las
estrellas y la vieja biblioteca murió por fin envuelta por las cálidas llamas.
Algunos dicen que Yei salió huyendo entre las ruinas, que cargaba unos tomos
viejos, parecía demasiado fuerte a pesar de estar cubierto de cenizas, dicen
que estaba envuelto en el halo dorado y que desapareció ileso. Yo prefiero
creer que capturó el tiempo, pero jamás logró encontrar un momento oportuno
para narrarnos cómo lo hizo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario