lunes, agosto 31, 2026

Eliot tomará una decisión

 

Las formas de las luces eran amorfas y lejanas, Eliot siempre había tenido problemas de la vista pero ahora los colores se le mezclaban y le dejaban un rastro de puntitos  que no desaparecían ni cuando cerraba los ojos.

Un segundo después, notó que la sangre abandonaba su cabeza, si hubiera sido un hombre normal se habría desmayado; pero en su lugar, observó a detalle el tosco nudo que retenía sus tobillos, estaba muy apretado, lo suficiente para sostener su cuerpo entero colgando de las vigas de madera del techo.

La vista desde afuera: de Eliot colgado de los pies, sería como ver un enorme y largo capullo de mariposa, pero él no era voluminoso, era más bien un “palillo”, largo y huesudo, de casi dos metros de alto; y el techo era alto también porque incluso si estiraba los brazos no lograba alcanzar el suelo, eso hubiera sido más fácil, evitaría que con cada movimiento, el balanceo de su propio cuerpo lo mareara más.

La soga no cedió, y los dedos de Eliot tampoco alcanzaron el suelo. A su alrededor yacían muertos unos diez hombres, todos vestían ropa táctica negra; ninguno tenía heridas de bala, y sus armas descansaban intactas a su lado. El hombre que no era normal tampoco tenía ninguna esperanza, no podía soltarse y escapar,  y no sabía de nadie que supiera su ubicación. Eliot pensó en lo doloroso de una muerte lenta y solitaria, mientras los cadáveres de sus verdugos adornaban la habitación.

Si pudiera sentir el dolor, o los sentidos, si fuera normal. Entonces recordó que lo único que tenía que hacer era tomar una decisión.

Recordó el preciso momento, que siempre definiría como el más afortunado, en que la conoció; el instante exacto donde el principio del fin tuvo lugar. No sabía, esa triste mañana de otoño cuando aún podía sentir,  cuando la droga que evolucionó su cerebro aún comenzaba a adaptarse, que la chica hermosa que se topó en el parque “accidentalmente”, lo haría tomar una decisión de vida o muerte.

La imaginó en su propio tormento, desde que se la llevaron hace casi un año no había vuelto a verla, pero tenía grabado su rostro en la memoria  y lo evocaba todos los días, como una oración de mañana, media tarde y madrugada. Por supuesto que la sentía, por eso estaba seguro de que estaba viva. El alma de ambos, o quizá la mente, se encontraba conectada una con la otra, modificada a escala neuronal por la misma codicia. Eliot sabía que no había mejor momento para tomar su decisión, porque aún a miles de kilómetros, podía sentir su ruego en la piel.

La forma en que le había suplicado: “Por favor, sálvame. Quédate.” Ella no sabía lo que implicaba responder a una promesa que ni siquiera había dicho en voz alta, así que si terminaba muriendo en aquel lugar, puede que ella pensara que la había abandonado. Y Eliot no la culparía.

Las luces lejanas comenzaban a disminuir, la oscuridad estaba por engullirlo, pero Eliot no podía cerrar los ojos, y no lo necesitaba, entre la penumbra veía el rostro de su amor. Se reprochó cómo podía ser tan capaz de verlo todo, de imaginar cada punto y relieve de la piel que tantas veces había besado, cuando estaban juntos e incluso en sus recuerdos. No podía olvidar nada desde que la droga colonizó su cerebro; y había estudiado a detalle cada modificación y cada nuevo camino neuronal, pero nunca lograba descifrarlo del todo porque cada ruta llevaba a otra, cada nuevo descubrimiento denotaba que su cerebro era un laberinto que no hacía nada más que expandirse sin llegar a explotar.

Si Eliot no moría esa noche, de cualquier forma nadie podría anticipar cuánto tiempo le quedaba, cargaba con más conocimiento del que era capaz de procesar y nadie con vida podía entenderlo; sin embargo, por fuera seguía siendo el mismo músculo promedio de siempre, por eso no podía soltarse de la soga de un tirón.

Luego todo se complicó más cuando la metió a ella, quería que fuera testigo de toda su vida, quería darle hasta el último resquicio de su ser; y quizá, si aceptaba el aspecto egoísta, también quería sentir por medio de ella. Los enlaces de dolor ya se habían extinguido, nada de lo que tocaba su piel se sentía igual y la comida no tenía ningún sabor porque a su cerebro ya no le importaba, Eliot comía, bebía y la amaba a ella por convicción propia, contra su propio cerebro brillante y demente.

Entonces ella evolucionó perfectamente. Todo lo que él no podía entender lo tenía ella. Sentía, miraba, retrocedía miles de años en el mismo lugar, tenía más conocimiento para acabar con el mundo que para salvarlo, y aun así ella eligió mirarlo a él, para siempre. Por eso se la llevaron, porque no podían dejarla libre ni podían eliminarla; no porque su cuerpo fuera invulnerable, sino porque matarla sería borrar la información que necesitarían en un futuro.

Y la única manera en que ella viviera y les dijera todo era si lo recuperaban a él. Ella no lo entendió en ese momento, quería que murieran juntos; Eliot sonrió de lado, hacia la penumbra donde el rostro perfectamente dibujado lo miraba. Claro que el único límite de ella era Eliot mismo: todo su conocimiento chocaba en él y la única cura que tuvieron fue decírselo todo. Primero a susurros, cuando aún podían hablar, y luego empezaron a escribir en el idioma propio que inventaron. Al final les bastaba mirarse, pero a Eliot le habría encantado oír nuevamente la voz melodiosa de su amada, aunque nunca había sido un romántico empedernido.

Entonces descubrió otra salida, mientras huía comprendió que el mundo que alguna vez intentó salvar, la razón de todo su experimento, ya no tenía sentido sin ella. Fue como un insight que lo llamaba tonto; a él, Eliot Barnes, el mejor científico de su época.

Así la muerte dejaba de serlo. Y sabía perfectamente que la casualidad que lo había llevado a ella era casi destino, por llamarlo de forma simple. Una red de moléculas y líneas de energía que convergen para que las pupilas se reconozcan, se toquen y se amen. 

Por esa razón, la decisión de Eliot resultó tremendamente fácil. Fue un ligero viento que entró y desprendió un delgado cabello de uno de los hombres tirados a su alrededor. El hilo flotó, viajo por el aire y alcanzó la punta del dedo de Eliot. Un puente brevísimo… y por fin, un agujero negro que cubrió a toda la humanidad.

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