Las
formas de las luces eran amorfas y lejanas, Eliot siempre había tenido
problemas de la vista pero ahora los colores se le mezclaban y le dejaban un
rastro de puntitos que no desaparecían ni
cuando cerraba los ojos.
Un
segundo después, notó que la sangre abandonaba su cabeza, si hubiera sido un hombre
normal se habría desmayado; pero en su lugar, observó a detalle el tosco nudo
que retenía sus tobillos, estaba muy apretado, lo suficiente para sostener su
cuerpo entero colgando de las vigas de madera del techo.
La
vista desde afuera: de Eliot colgado de los pies, sería como ver un enorme y
largo capullo de mariposa, pero él no era voluminoso, era más bien un “palillo”,
largo y huesudo, de casi dos metros de alto; y el techo era alto también porque
incluso si estiraba los brazos no lograba alcanzar el suelo, eso hubiera sido
más fácil, evitaría que con cada movimiento, el balanceo de su propio cuerpo lo
mareara más.
La
soga no cedió, y los dedos de Eliot tampoco alcanzaron el suelo. A su alrededor
yacían muertos unos diez hombres, todos vestían ropa táctica negra; ninguno
tenía heridas de bala, y sus armas descansaban intactas a su lado. El hombre
que no era normal tampoco tenía ninguna esperanza, no podía soltarse y
escapar, y no sabía de nadie que supiera
su ubicación. Eliot pensó en lo doloroso de una muerte lenta y solitaria,
mientras los cadáveres de sus verdugos adornaban la habitación.
Si
pudiera sentir el dolor, o los sentidos, si fuera normal. Entonces recordó que
lo único que tenía que hacer era tomar una decisión.
Recordó
el preciso momento, que siempre definiría como el más afortunado, en que la
conoció; el instante exacto donde el principio del fin tuvo lugar. No sabía,
esa triste mañana de otoño cuando aún podía sentir, cuando la droga que evolucionó su cerebro aún
comenzaba a adaptarse, que la chica hermosa que se topó en el parque “accidentalmente”,
lo haría tomar una decisión de vida o muerte.
La
imaginó en su propio tormento, desde que se la llevaron hace casi un año no
había vuelto a verla, pero tenía grabado su rostro en la memoria y lo evocaba todos los días, como una oración
de mañana, media tarde y madrugada. Por supuesto que la sentía, por eso estaba
seguro de que estaba viva. El alma de ambos, o quizá la mente, se encontraba
conectada una con la otra, modificada a escala neuronal por la misma codicia.
Eliot sabía que no había mejor momento para tomar su decisión, porque aún a
miles de kilómetros, podía sentir su ruego en la piel.
La
forma en que le había suplicado: “Por favor, sálvame. Quédate.” Ella no sabía
lo que implicaba responder a una promesa que ni siquiera había dicho en voz
alta, así que si terminaba muriendo en aquel lugar, puede que ella pensara que
la había abandonado. Y Eliot no la culparía.
Las
luces lejanas comenzaban a disminuir, la oscuridad estaba por engullirlo, pero
Eliot no podía cerrar los ojos, y no lo necesitaba, entre la penumbra veía el
rostro de su amor. Se reprochó cómo podía ser tan capaz de verlo todo, de
imaginar cada punto y relieve de la piel que tantas veces había besado, cuando
estaban juntos e incluso en sus recuerdos. No podía olvidar nada desde que la
droga colonizó su cerebro; y había estudiado a detalle cada modificación y cada
nuevo camino neuronal, pero nunca lograba descifrarlo del todo porque cada ruta
llevaba a otra, cada nuevo descubrimiento denotaba que su cerebro era un
laberinto que no hacía nada más que expandirse sin llegar a explotar.
Si
Eliot no moría esa noche, de cualquier forma nadie podría anticipar cuánto
tiempo le quedaba, cargaba con más conocimiento del que era capaz de procesar y
nadie con vida podía entenderlo; sin embargo, por fuera seguía siendo el mismo
músculo promedio de siempre, por eso no podía soltarse de la soga de un tirón.
Luego
todo se complicó más cuando la metió a ella, quería que fuera testigo de toda
su vida, quería darle hasta el último resquicio de su ser; y quizá, si aceptaba
el aspecto egoísta, también quería sentir por medio de ella. Los enlaces de
dolor ya se habían extinguido, nada de lo que tocaba su piel se sentía igual y
la comida no tenía ningún sabor porque a su cerebro ya no le importaba, Eliot
comía, bebía y la amaba a ella por convicción propia, contra su propio cerebro
brillante y demente.
Entonces
ella evolucionó perfectamente. Todo lo que él no podía entender lo tenía ella.
Sentía, miraba, retrocedía miles de años en el mismo lugar, tenía más
conocimiento para acabar con el mundo que para salvarlo, y aun así ella eligió
mirarlo a él, para siempre. Por eso se la llevaron, porque no podían dejarla
libre ni podían eliminarla; no porque su cuerpo fuera invulnerable, sino porque
matarla sería borrar la información que necesitarían en un futuro.
Y
la única manera en que ella viviera y les dijera todo era si lo recuperaban a
él. Ella no lo entendió en ese momento, quería que murieran juntos; Eliot
sonrió de lado, hacia la penumbra donde el rostro perfectamente dibujado lo
miraba. Claro que el único límite de ella era Eliot mismo: todo su conocimiento
chocaba en él y la única cura que tuvieron fue decírselo todo. Primero a
susurros, cuando aún podían hablar, y luego empezaron a escribir en el idioma
propio que inventaron. Al final les bastaba mirarse, pero a Eliot le habría
encantado oír nuevamente la voz melodiosa de su amada, aunque nunca había sido
un romántico empedernido.
Entonces
descubrió otra salida, mientras huía comprendió que el mundo que alguna vez
intentó salvar, la razón de todo su experimento, ya no tenía sentido sin ella.
Fue como un insight que lo llamaba
tonto; a él, Eliot Barnes, el mejor científico de su época.
Así
la muerte dejaba de serlo. Y sabía perfectamente que la casualidad que lo había
llevado a ella era casi destino, por llamarlo de forma simple. Una red de moléculas
y líneas de energía que convergen para que las pupilas se reconozcan, se toquen
y se amen.
Por
esa razón, la decisión de Eliot resultó tremendamente fácil. Fue un ligero
viento que entró y desprendió un delgado cabello de uno de los hombres tirados
a su alrededor. El hilo flotó, viajo por el aire y alcanzó la punta del dedo de
Eliot. Un puente brevísimo… y por fin, un agujero negro que cubrió a toda la
humanidad.
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