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domingo, marzo 29, 2026

Los tomos olvidados


Cuando la enorme puerta se abrió, las bisagras crujieron y una nube de polvo lo cegó por unos minutos. Mientras tosía y manoteaba, entró lentamente en la enorme biblioteca, adentro había más polvo y una galería amplia tenuemente iluminada por los rayos que alcanzaban a entrar por tragaluces cuidadosamente distribuidos alrededor. No había más que un ventanal que adornaba la pared posterior, ahí estaban las mesas, las sillas, unos tres sillones mullidos completamente grises por el polvo y un elegante escritorio de madera antigua, de esos que los abuelos presumían en los despachos.

A Yei le habría encantado aspirar el olor a “libros” pero lo único que dominaba en el lugar era el polvo, había más y más en cada esquina  y le pareció que si se quedaba mucho tiempo terminaría perdido bajo una montañita de polvo como la que se encontró bajo el escritorio, y  como la que lo recibió, entre un par de estantes cuando se animó a explorar entre los tomos antiguos y los libros más ligeros desperdigados entre las sombras de la vieja biblioteca.

Se hacía de noche pero entre más sacudía el polvo de los libros y descubría más y más tesoros literarios y científicos, más quería permanecer ahí,  cerca de las ocho se recordó que tenía mucho trabajo para los siguientes meses: limpiar, restaurar, reacomodar todo y posiblemente antes de terminar el año podría volver a abrir; con esa promesa se resignó a marcharse a casa para recargar fuerzas y volver temprano al día siguiente.

Por supuesto, no pudo dormir. Así que decidió levantarse muy de madrugada para preparar los utensilios y los bocadillos que llevaría a su día de trabajo, deseaba estar ahí apenas los primeros rayos de sol pudieran colarse por los tragaluces.

Picó la fruta y llenó su termo de café mientras tarareaba alguna nueva canción que habían pasado por la radio. Tenía desperdigados por el suelo de la sala: algunos trapos, productos de limpieza, una escoba, marcadores y su libreta para organizar; primero guardó una muda de ropa para volver por la tarde, y enseguida fue acomodando cuidadosamente todo en su mochila, era una mochila enorme color verde militar que había usado alguna vez para acampar con su padre. Se recordó entonces que su padre estaría muy orgulloso de él, si pudiera verlo, pues no era poco mérito tener a los veintinueve su propia biblioteca.

El día pasó veloz, cuando se dio cuenta eran casi las tres de la tarde y apenas una pequeña sección de la biblioteca volvía a lucir su piso de mármol de color brillante en lugar del color gris del polvo. Pesadamente, avanzó hasta las mesas, limpió la esquina de una de ellas y se sentó sobre una silla entierrada para recargar los brazos y tratar de tomar una siesta, sentía que había demasiado trabajo y ese hecho le apretaba el pecho y el estómago pero también le trituraba las piernas al mismo tiempo. Se preguntó si algún día terminaría de verdad o si al día siguiente volvería solo para encontrar que el polvo se había tragado nuevamente la sección que hoy había limpiado.

No lo pensó mucho porque dedicó el resto de la tarde en limpiar y acomodar los libros sobre las mesas, los movió y clasificó cuidadosamente, registrando cada tomo en su libreta, “como un boceto”, se dijo, porque bien sabía que tendría que conseguir pronto una computadora que le facilitara la vida. También podría contratar a alguien para limpiar pero quería disfrutar cada parte del proceso, y saborear el descubrimiento de cada título nuevo a media tarde, cubierto de polvo, hambriento, cansado y sediento entre los estantes, las sombras y el polvo que a ratos hasta parecía su amigo.

Los días siguientes fueron casi iguales, salía muy temprano y regresaba muy noche, pero la biblioteca aún parecía un lugar abandonado, bello, pero más abandonado que vivo. Yei estuvo a punto de rendirse, un día ni siquiera volvió a casa, paso la noche en una de las mesas, recostado sobre ella y contando las estrellas que alcanzaba a ver a través de los tragaluces, lo sentía una forma de despedida y apenas asomaron los rayos del sol, salió por comida y volvió treinta minutos después con la cabeza gacha y un café caliente que apenas entró olvidó en algún lugar y no volvió a tocar en el resto del día.

Cuando estaba por anochecer, decidió clasificar los últimos dos libros, otra suerte de despedida, para ver qué sentía y decidía al día siguiente. Le pareció muy extraño que esos dos tomos de un descolorido lomo vino amarillento, pesaran como si fueran los primeros tomos de una enciclopedia de ciencias, era exagerado para un par de libros viejos y posiblemente llenos de polillas.

Pesaban tanto que antes de llegar a la mesa se resbalaron de sus manos,  y Yei cayó con ellos mientras intentaba evitarlo, los tres terminaron cara al suelo y cuando los levantó se fijó que estaban escritos en otro idioma, intentó recordar de qué sección venían pero lo había olvidado por las prisas, no podía llevarlos cargando pero les tomó una foto para investigar de qué idioma se trataba.

Pasó una semana antes de que volviera a la biblioteca. Había pasado los días obsesionado con la investigación, comparó idiomas cada vez más antiguos y descubrió que aquello era un tipo de griego descontinuado. Se propuso descifrarlo, buscó en cada libro de la biblioteca sobre el idioma, anotando cada signo localizado correctamente con sumo cuidado en su libreta clasificadora, poco a poco, la mesa quedó limpia de polvo pero llena de múltiples objetos que le otorgaban una vida de “cueva”,  Yei había dejado sobre ella varios vasos de café vacíos, algunas envolturas de comida y hojas garabateadas y arrancadas con furia cuando la traducción se atrasaba o parecía estancarse en una idea incoherente.

Siempre volvía al mismo callejón sin salida, con una palabra que se repetía en cada párrafo pero que no sonaba completamente lógica con el resto del contexto: “tiempo”. Al final, decidió usar un truco, buscó foros y propuso su propia teoría, discutió largas horas en la madrugada para definir cuándo había surgido esa variante del griego y sus diferencias con el actual. A Yei se le daban bien las letras, su padre le había enseñado todas las cosas sobre las palabras, sabía cómo rastrearlas y hacerlas parte de su cerebro de una forma tan sencilla como si de ponerse un par de calcetines se tratara. Era un talento que venía de familia, por lo que no tardó en deducir e hilar cada vez más frases que completaran la famosa página ahora acariciada con tanto fervor que parecía haberse rejuvenecido y dejado el amarillento color del paso de los años para tornarse más rojiza bajo los últimos rayos de luz en el  atardecer.  Se quedó despierto por casi dos días hasta que comprendió la odisea cuidadosamente detallada que ponía esa simple página, era la introducción, alguien había logrado capturar el tiempo y los gruesos tomos eran las instrucciones de su proceso.

Entonces volvió inmediatamente a la biblioteca pero no se llevó su mochila, paso largo rato sentado frente a los tomos, registrando una receta imposible que parecía que solo él podría leer, era su obligación hacerlo.

Por eso lo hizo, pasaron más de veinte meses antes de que los tubos con sustancias de colores llenaran el resto de las mesas; Yei compró dos grandes escaleras y mandó poner andamios para él mismo cerrar y abrir los tragaluces conforme necesitara de los rayos del sol. Mudó su cama y su estufa a un extremo de la biblioteca, le hizo unas paredes con los estantes y se estableció definitivamente entre el polvo, ya no le irritaba para nada; su cabello antes de un castaño claro llegando a miel, ahora era un amasijo de mechones grises que adornaban su rostro pálido, parecía tan vivo como la biblioteca y lucía algunos años más por la barba descuidada que empezaba a adueñarse de su mandíbula.

Ya no le importaban demasiado las cosas del mundo, ni lo vano de su aspiración de inaugurar  una enorme biblioteca en la ciudad, una que llevará por nombre el apellido de su familia, que hiciera que su padre estuviera completamente orgulloso de él desde cualquier lugar donde se encontrara. Se repetía constantemente que había logrado por fin desapegarse del ego, que tenía un destino más sublime, una misión con la humanidad.

Dejó que los matraces y los  tubos, con sustancias tan amorfas y dispares como los libros que lo observaban desde los estantes, lo llenaran todo: las horas frías de la madrugada donde su roída chaqueta de mezclilla resultaba insuficiente y  los primeros minutos de la mañana cuando los pajarillos interrumpían el silencio de un vasto espacio cada vez más lleno de hojas tachadas con fórmulas que parecían pequeñas hormigas a punto de salir del papel.

Y durante la noche seguía la misma realidad que continuaba al día siguiente, el joven Yei casi desaparecía entre el desorden de aquel improvisado laboratorio, pero se le escuchaba reír alegremente cuando alguna predicción resultaba certera y los líquidos multicolores burbujeaban en los tubos. Se sentía tan cerca unos días, que casi respiraba la velocidad de la luz, como si pasara a su lado levantando el polvo y dejando una estela de brillantes puntos dorados. No podía rendirse.

En realidad, nadie sabe cuánto tiempo permaneció ahí, perdido junto con la biblioteca, hasta que una noche, un estruendo azotó el silencio, unas líneas doradas aparecieron enmarcadas por las estrellas y la vieja biblioteca murió por fin envuelta por las cálidas llamas. Algunos dicen que Yei salió huyendo entre las ruinas, que cargaba unos tomos viejos, parecía demasiado fuerte a pesar de estar cubierto de cenizas, dicen que estaba envuelto en el halo dorado y que desapareció ileso. Yo prefiero creer que capturó el tiempo, pero jamás logró encontrar un momento oportuno para narrarnos cómo lo hizo.

 


sábado, enero 31, 2026

El mundo que aplasta

 

“Todas las cosas tristes me aprietan el corazón esta noche…”; escribió Michel con su teclado púrpura, la habitación estaba completamente a oscuras pero la luz del ordenador dejaba iluminado su rostro y los gruesos mechones de su cabello rizado.

En algún momento entre las doce de la noche y las tres de la madrugada, el sueño le venció y perdió toda conciencia de su novela, de la tristeza y del corazón apretado bajo su camiseta vieja. La noche paso y durmió profundamente sin poder descansar del todo; cuando dieron las siete de la mañana, despertó con la cabeza hecha de migraña y el cabello aún más revuelto.

La garganta estaba tan seca que toser le hizo arquearse sobre la silla ejecutiva nuevamente, entonces recordó que anoche había olvidado guardar los cambios en el documento de la novela. Abrió la pantalla, ingresó su contraseña ultra segura y checó el documento, no se había perdido nada, el cursor parpadeaba justo después de la palabra “noche”.

Respiro con alivio y se levantó rumbo a la cocina; hasta más tarde, mientras esperaba en la fila de la cafetería, recordó el papel hecho bola que cargaba en el bolsillo de su chaqueta, lo desenrolló discretamente y observó cuidadosamente todas las líneas que  se debían llenar, no pedía nada extraordinario: nombre, su dirección de correo electrónico,  edad, comida favorita, alergias…

-¡Que tontería! – dijo más alto de lo que esperaba y la gente de alrededor le miró mal. De igual modo, sacó un bolígrafo pequeño y empezó a llenar el papel, ni siquiera lo había decidido hasta ese momento y le seguía pareciendo una tontería pero quiso saciar su malsana curiosidad.

Cuando encontró el buzón más cercano, lo tiró dentro y siguió con su día.

 

 

Unos días después, su correo electrónico apareció con notificaciones nuevamente, eran tres. En una se le daba la bienvenida y se le explicaba todo el concepto de la sala de eventos. En el segundo se le daba una lista e instructivo que tenía que aceptar como si fuera una hoja de términos y condiciones cualesquiera, Michel lo hizo. Y por último, el tercer correo electrónico tenía los accesos y claves correspondientes para continuar con la experiencia.

Paso largo rato meditando los pro y los contra de ir a su cita, pero al final terminó invirtiendo la última hora buscando el mejor atuendo y peinando los rizos frente al espejo de su recamara. Cuando termino aprobó su apariencia, se regaló una sonrisa y salió rumbo al restaurante.

La plaza donde se alojaba la sala de eventos era enorme, había pasillos amplios, puestos alrededor, una fuente central, miles de restaurantes pequeños de la más alta variedad; aquello era un lugar donde el tiempo no pasaba igual que en el resto del mundo, un lugar donde, si quisieras, podrías quedarte para siempre sin necesitar nada más.

Michel se dirigió hasta el restaurante hindú del fondo; era muy elegante, así que se arrepintió de no traer el abrigo de gala en lugar de su chaqueta de cuero. Suspiró y pidió el menú, su cita aún no llegaba por lo que solo lo leyó varias veces para decidir, ya que sería de muy mal gusto pedir antes de una persona que no conocía.

Fue entonces que un hombre de barba tupida y anchos hombros llegó sonriente a la mesa.

-¿Michel? Soy Ethan…

-Hola, cómo estás –Michel intentó sonreír pero una mueca incomoda eclipsó su rostro,  Ethan se sentó simplemente.

-¿Es tu primera vez, verdad?

-Sí, la verdad es que no me convence mucho este concepto…

-Pero es genial, te mostraré, comienza tú primero. – Michel iba a hablar pero el mesero volvió y tomó la orden, cuando se fue; optó por inclinarse más hacia Ethan como si aquello pudiera ser un secreto, y como si todas las personas ahí no supieran ya a lo que iban.

-¿Así solamente? ¿Empiezo y ya?

-Sí, dilo todo… todo lo que quieras decir. Yo solo voy a escuchar… y a responderte si me lo pides.

Michel tomó aire y sin querer, volvió a inclinarse más; el aliento de Ethan olía a chicle de fresa cuando le sonrió pero logró transmitirle más confianza.

-Crecí en un barrio muy pobre… mi familia era… cómo decirlo… demasiado ruidosa, en lo cotidiano, quiero decir… lo típico, mi mamá  decía “¡Bajen que ya está el desayuno!”, y mi padre solía  gritar “¡Que se hace tarde para la escuela, levántense bola de…!”-Michel se detuvo a tiempo. –Lo siento… me deje llevar.

-No, no, no te disculpes Michel, aquí puedes decir lo que sea, en el contexto entiendo que no es una grosería para mí, créeme, no está mal, al contrario vas perfectamente. – su expresión era sincera y tranquila.

-Bien… todo ese ruido hizo que me gustará lo contrario: el silencio. Añoro cuando puedo solo sentarme frente al ordenador para escribir y escribir, a veces lo hago por varios días seguidos, sin dormir, sin comer… solo estoy yo y mi gato en casa, así que no hay problema – Mintió porque le daba pena admitir que ni siquiera tenía un gato- digo, le dejo suficiente comida para esos casos.

-Entiendo, entiendo. – sonrió amablemente Ethan.

-Entonces, en qué iba… ¡ah ya! El silencio es buena compañía pero… hace tiempo ya… me enamore perdidamente de… alguien que ya no está… no murió…eso… eso habría sido una respuesta, simplemente desapareció de la faz de la tierra, no sé si por voluntad o porque le secuestraron… -Hubo silencio otra vez, esperó un poco pero ahí nadie censuraba las palabras más tristes como en las redes, ahí se volvían más reales y aplastaban más.-No me malinterpretes, no quiero saber si murió, no quiero que muera… pero tampoco quería que me abandonara… y ahora estoy tratando de superar esta situación. Es ridículo que me duela tanto cuando siempre me acostumbre a hacer todo por mi cuenta, estudiar, curarme las rodillas raspadas, bajar a prisa a hacer mis deberes, arreglarme pronto para salir y que no me riñeran más. Nunca tuve una palmadita en la espalda que me dijera: va, ahí tienes la recompensa de tu trabajo duro… toda la vida ha sido una sucesión de obligaciones y de cosas que “quiero”,  pero en realidad nunca he tenido claro lo que quiero. Hasta que le conocí… y ya, es todo lo que quería decirte.

-¿De verdad, no se te ha quedado nada? Puedes decir lo que quieras… está cita puede durar días seguidos, lo que quieras…

-No, está bien, solo quería decir algo conciso, por ahora… te agradezco que me hayas escuchado. ¿Qué harías tú en mi lugar? – Ethan rió amablemente, a Michel no le incomodó para nada, el tipo era confiable.

-¿quieres una opinión sincera o psicológica?

-La sincera por supuesto- Entonces Michel también rió.

-Yo conocería más gente, a la par que estaría abierto a investigar más sobre qué le paso. Lamento que duela así pero lo que puedes hacer ahora es limitado. Aunque si aún no lo sabías, hay una división de la sala de eventos que tiene investigadores privados.

-Sí, tienes razón, creo que lo vi en algún anuncio. Ahora cuenta tú…

-Claro, ¿te ha gustado la respuesta?, recuerda que puedas continuar hablando tú si lo decides, en cualquier momento.

-Sí, muchas gracias Ethan.

-Bueno, yo nací en Detroit, me uní al ejército a los 18, soy la viva imagen de mi padre, la misma barba y bueno, también militar, igual mi madre era enfermera. Estoy felizmente casado también con una enfermera… - Michel asintió para corresponder a la divertida sonrisa de Ethan. – He tenido una vida en lo que cabe plena… bueno, no tengo una de mis pantorrillas…

Ethan se levantó el pantalón de lino y mostró una prótesis plateada, Michel se mareó un poco de la impresión pero logró recomponerse y seguir la conversación.

-Lo que me quita el sueño es mi hijo adolescente. – Continuó Ethan – No quiere ser militar obvio, igual y tiene 14 años, tal vez cambie de opinión, pero es un chico tan rebelde como quizá mis más reacios antepasados.

La plática continuo sin que se acabaran las sonrisas, Ethan era agradable e incluso Michel le dio algunos consejos sobre su hijo, en base a como se había sentido en su propia adolescencia. Cuando salió de la sala de eventos, se cruzó con otro par de desconocidos que se hallaban sentados en la banca del estacionamiento, los escucho ponerse de acuerdo;  aquella platica duraría días porque la mujer que hablaba en ese momento no paraba de llorar.

La experiencia era definitivamente una tontería,  aunque algo le había aliviado; y sin duda el paquete que pidió, el de un escucha cuyos problemas no fueran ni muy graves ni muy ligeros comparados con los suyos, era justo lo que prometía.

Aun así, nada reponía el dinero que se había gastado investigando la desaparición  y aquella inversión en la sala de eventos era lo último de su fondo de ahorros; ahora tenía que dar punto final a esa etapa de su vida, donde el corazón aún latía en su sitio y no solo en las letras de su novela. Podría ser feliz como cualquier persona, pero tendría que perseguir la tristeza eternamente.

jueves, marzo 27, 2014

Adictos a la escritura: Ojo por corazón


La sangre se escurría por la alcantarilla sin que él pudiera hacer algo, había llegado tarde otra vez, como cada una de las veces anteriores a ésta. El hombre de sombrero pequeño y gabardina larga se apoyó en la pared y sacó un cigarrillo de su abrigo, lo encendió mientras observaba el cuerpo delante de sí. Por el rabillo de sus ojos observó las luces de la patrulla de policía acercarse, ellos también llegaron tarde, a pesar de que el asesino les había dado una pista mucho antes que a él.

Un hombrecillo antipático bajo de la patrulla y se acercó al hombre que ahora fumaba el cigarrillo inclinado sobre el cuerpo, lo examinaba.
—¿Otra vez usted? —le preguntó el hombrecillo cuando estuvo lo suficientemente cerca. El otro hombre ni siquiera lo miró y empezó a alejarse en silencio — No  tan rápido, ésta vez tendrá que acompañarnos a la jefatura.
—Tengo algo más importante que hacer, oficial —Había arrastrado la última palabra con sarna.
—Lo siento, tendrá que venir conmigo.  —Subió resignado a la patrulla, quería terminar con ese inconveniente lo más rápido posible.

En la estación, lo condujeron a la sala de interrogatorios y cuando salió de ahí ya era más de medianoche; en la banqueta, se detuvo y llamó a su esposa, le pidió que pasara por él, y mientras la esperaba encendió otro cigarrillo. Por esa noche ya no podría seguir con la investigación, de nuevo había sido burlado.  Se encontraba maldiciendo cuando llego la camioneta.
— ¿Qué ha pasado esta vez? —Le preguntó su mujer cuando estuvo acomodado en el asiento del copiloto.
—Se ha escapado —murmuró él.
— ¿La policía te considera sospechoso?
—Sí, pero se quedaron muy tranquilos cuando les explique mis razones para estar ahí.
—Creo que se te ha ido de las manos…
— ¡No otra vez! —La interrumpió  — ¡Hoy no quiero discutir!
— ¡No! Es lo que yo te digo a ti Osvaldo, ya no más. ¡Ya no puedes seguir con esto! Deja que la policía haga su trabajo.
— ¡Pero sí no hacen nada! Hace tres meses… hace… tres meses que… ¡No hacen nada!
—Tú tampoco has logrado mucho, tenemos que calmarnos.
—Yo no puedo, ya te lo he dicho, así que no me riñas más.
—Te haces daño.
— ¿Qué puedo hacer? La amaba, y ahora está muerta.
—Yo también la quería, era mi prima.
—No es lo mismo. —Él se esforzaba por mantenerse intacto y serio, pero había terminado por ocultar el rostro entre las manos mientras gruesas lágrimas llovían sobre sus mejillas. Ella miraba fijamente al frente mientras lo escuchaba sollozar quedito.
—No debes seguir haciéndote daño. Ella no lo permitiría.
—También tengo que decirte gracias. —Dijo Osvaldo de pronto, ella se sorprendió pero lo disimuló bien —Gracias por perdonarme.
—Te amo. —Le dijo con convicción, acababa de estacionar la camioneta frente a la casa.
—Gracias —Fue todo lo que él dijo, tenía los ojos rojos. Luego entró a la casa y se dispuso a dormir.

Ella tardó un poco más en meterse a la cama. Antes, se quedó un buen rato frente a la computadora, organizaba los cabos, metía las piezas del rompecabezas justo en el lugar perfecto en que debían estar, le resultaba sencillo, por internet había muchos chicos fanáticos  que no dudaban en participar en rituales satánicos. Ella era una maestra de lo incógnito, y por supuesto que la inútil policía local jamás la atraparía, seguían las pistas falsas que ella misma les enviaba diariamente, las mismas que seguía Osvaldo.

Cuando terminó, subió a la recámara y se acomodó junto a su esposo. Lo odiaba, quería verlo enloquecer, pero a veces también lo quería, en realidad esa era la razón por la que hacía todo. Él se creía que una infidelidad podía ser perdonada, pero no, ella no era una mujer que pudiera calmarse, en eso eran el uno para el otro, no, era una guerra, pensó, una guerra que ella ya tenía ganada. Porque su rival ya estaba muerta, y también cualquier otra chica que pudiera tomar su lugar.

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Este mes, el desafío era escribir un relato que empezara con el primer párrafo escrito por otr@ autor. Así que el primer párrafo de este relato es de mi compañera Debora H. Araya. Debo decir que ha sido un poco difícil porque no sé narrar muy bien el género policíaco, y creo que el párrafo necesitaba, sin duda, algo así, policíaco.



viernes, marzo 21, 2014

La despedida


Antes de salir se detuvo enfrente de la televisión apagada, recordaba todas esas veces en que había estado tirado en el sofá, con el control del aparato en la mano.

También recordó que llevaba un paquete de goma de mascar en el bolsillo de la chaqueta, lo abrió y se metió una pastilla en la boca. La casa estaba llena de silencio, de un silencio doloroso como la nada, solo escuchaba el sonido de sus dientes masticando.

Se le humedecieron los ojos y notó cuán cansado estaba, tenía mucho sueño, pero ya no era como cuando era niño, no podía irse a dormir para despertar luego y encontrarse con que todo estaba ya solucionado. La vida no era realmente así, eso había sido un engaño, un cruel y doloroso engaño como la nada.


Si se pudiera desmayar, pensó, o morir, pero sabía que las cosas no acababan tan fácilmente, no, nunca lo hacían, no acababan ahí sino que se complicaban más, las cosas empeoraban y dolían más, era como escarbar para salir pero en vez de lograrlo, lo único que conseguía era enterrarse más y más de cabeza, por eso se iba.