Soy Ícaro.
Soy Gus.
Parada en la
orilla del acantilado, temblando de miedo,
Y a la vez
profundamente terca.
Jamás acepto rendirme.
Aunque ser así de egoísta
no me va.
No soy yo, pero también
soy yo.
Soy Ícaro.
Soy Gus.
Parada en la
orilla del acantilado, temblando de miedo,
Y a la vez
profundamente terca.
Jamás acepto rendirme.
Aunque ser así de egoísta
no me va.
No soy yo, pero también
soy yo.
"Matilde, una mujer en sus sesentas, ha vivido con su marido
Porfirio desde los 15 años, en una relación de violencia y desprecio hacia
ella. Un día, Porfirio fallece y la deja sola en compañía de su gato Fidel,
pero Matilde cree que Porfirio la sigue torturando con sus apariciones y no
puede ser liberada. Por si fuera poco, su pensión del seguro para sobrevivir es
cancelada. Miguel, su vecino, un joven y hábil comerciante, se apiadará de
Matilde y poco a poco irán desarrollando una profunda amistad que les ayudará a
liberarse de sus viejas creencias y vivir la vida que siempre quisieron."
Dirección: Ernesto Contreras
Podría estar en mil
lugares
En medio de arte,
ruido y personas amables.
Callar frente a los
enigmas del universo,
Estar dormida y tranquila
O soñar escuchando mi canción favorita.
Pero de todos los
mundos posibles
En los que podría existir:
elijo este. Este es
el mejor.
Porque puedo ser todo o nada.
Feliz, triste, invisible,
eterna…
Estar allá o acá,
Y aún así lo único
que quiero de verdad…
Es ser quien puede
besarte,
quien habla contigo a diario, y te abraza para
despedirse,
Quien te da las
buenas noches y te consuela en los días grises.
Quiero ser quien no
puedo
Y muero y vivo por
este preciso universo:
En el que tú estás…
y parece que yo no.
A veces te miro y
cuando me ves,
Adivino una
intención sin nombrar:
Unas ansias
mutuas de ir,
Una locura
conjunta que aceptar.
Vamos a un lugar
del que no se puede volver.
Vamos a donde el
amor nos desdibuja
Y después nos
reconstruye en los besos.
¿De verdad,
quieres ir?
¿Aunque no pueda
prometerte una salida de escape?
¿Aunque después
de esto cambiamos para siempre?
Dime lo que
piensas y lo aceptaré,
Y es que yo muero
por vernos ahí.
Porque yo hace
tiempo que te espero ahí.
Puedes romperme el corazón
Porque te lo he dado,
Sin pedirte nada, sin que supieras cuánto.
Y estaré mejor, por supuesto .
Y estarás mejor, siempre lejos.
No se detiene el mundo, no se destruye,
No sé mueven los mares
Y siguen brillando las maravillas de la Tierra.
Cada día una vez más...
Así se cura el corazón roto,
Un día más y otro más.
Cuando la enorme puerta se abrió,
las bisagras crujieron y una nube de polvo lo cegó por unos minutos. Mientras
tosía y manoteaba, entró lentamente en la enorme biblioteca, adentro había más
polvo y una galería amplia tenuemente iluminada por los rayos que alcanzaban a
entrar por tragaluces cuidadosamente distribuidos alrededor. No había más que
un ventanal que adornaba la pared posterior, ahí estaban las mesas, las sillas,
unos tres sillones mullidos completamente grises por el polvo y un elegante
escritorio de madera antigua, de esos que los abuelos presumían en los
despachos.
A Yei le habría encantado aspirar
el olor a “libros” pero lo único que dominaba en el lugar era el polvo, había
más y más en cada esquina y le pareció
que si se quedaba mucho tiempo terminaría perdido bajo una montañita de polvo
como la que se encontró bajo el escritorio, y como la que lo recibió, entre un par de
estantes cuando se animó a explorar entre los tomos antiguos y los libros más
ligeros desperdigados entre las sombras de la vieja biblioteca.
Se hacía de noche pero entre más
sacudía el polvo de los libros y descubría más y más tesoros literarios y
científicos, más quería permanecer ahí,
cerca de las ocho se recordó que tenía mucho trabajo para los siguientes
meses: limpiar, restaurar, reacomodar todo y posiblemente antes de terminar el
año podría volver a abrir; con esa promesa se resignó a marcharse a casa para
recargar fuerzas y volver temprano al día siguiente.
Por supuesto, no pudo dormir. Así
que decidió levantarse muy de madrugada para preparar los utensilios y los
bocadillos que llevaría a su día de trabajo, deseaba estar ahí apenas los
primeros rayos de sol pudieran colarse por los tragaluces.
Picó la fruta y llenó su termo de
café mientras tarareaba alguna nueva canción que habían pasado por la radio.
Tenía desperdigados por el suelo de la sala: algunos trapos, productos de
limpieza, una escoba, marcadores y su libreta para organizar; primero guardó
una muda de ropa para volver por la tarde, y enseguida fue acomodando
cuidadosamente todo en su mochila, era una mochila enorme color verde militar
que había usado alguna vez para acampar con su padre. Se recordó entonces que
su padre estaría muy orgulloso de él, si pudiera verlo, pues no era poco mérito
tener a los veintinueve su propia biblioteca.
El día pasó veloz, cuando se dio
cuenta eran casi las tres de la tarde y apenas una pequeña sección de la
biblioteca volvía a lucir su piso de mármol de color brillante en lugar del
color gris del polvo. Pesadamente, avanzó hasta las mesas, limpió la esquina de
una de ellas y se sentó sobre una silla entierrada para recargar los brazos y
tratar de tomar una siesta, sentía que había demasiado trabajo y ese hecho le
apretaba el pecho y el estómago pero también le trituraba las piernas al mismo
tiempo. Se preguntó si algún día terminaría de verdad o si al día siguiente
volvería solo para encontrar que el polvo se había tragado nuevamente la
sección que hoy había limpiado.
No lo pensó mucho porque dedicó
el resto de la tarde en limpiar y acomodar los libros sobre las mesas, los
movió y clasificó cuidadosamente, registrando cada tomo en su libreta, “como un
boceto”, se dijo, porque bien sabía que tendría que conseguir pronto una
computadora que le facilitara la vida. También podría contratar a alguien para
limpiar pero quería disfrutar cada parte del proceso, y saborear el
descubrimiento de cada título nuevo a media tarde, cubierto de polvo,
hambriento, cansado y sediento entre los estantes, las sombras y el polvo que a
ratos hasta parecía su amigo.
Los días siguientes fueron casi
iguales, salía muy temprano y regresaba muy noche, pero la biblioteca aún
parecía un lugar abandonado, bello, pero más abandonado que vivo. Yei estuvo a
punto de rendirse, un día ni siquiera volvió a casa, paso la noche en una de
las mesas, recostado sobre ella y contando las estrellas que alcanzaba a ver a
través de los tragaluces, lo sentía una forma de despedida y apenas asomaron
los rayos del sol, salió por comida y volvió treinta minutos después con la
cabeza gacha y un café caliente que apenas entró olvidó en algún lugar y no
volvió a tocar en el resto del día.
Cuando estaba por anochecer,
decidió clasificar los últimos dos libros, otra suerte de despedida, para ver
qué sentía y decidía al día siguiente. Le pareció muy extraño que esos dos
tomos de un descolorido lomo vino amarillento, pesaran como si fueran los
primeros tomos de una enciclopedia de ciencias, era exagerado para un par de
libros viejos y posiblemente llenos de polillas.
Pesaban tanto que antes de llegar
a la mesa se resbalaron de sus manos, y
Yei cayó con ellos mientras intentaba evitarlo, los tres terminaron cara al
suelo y cuando los levantó se fijó que estaban escritos en otro idioma, intentó
recordar de qué sección venían pero lo había olvidado por las prisas, no podía
llevarlos cargando pero les tomó una foto para investigar de qué idioma se
trataba.
Pasó una semana antes de que volviera
a la biblioteca. Había pasado los días obsesionado con la investigación,
comparó idiomas cada vez más antiguos y descubrió que aquello era un tipo de
griego descontinuado. Se propuso descifrarlo, buscó en cada libro de la
biblioteca sobre el idioma, anotando cada signo localizado correctamente con
sumo cuidado en su libreta clasificadora, poco a poco, la mesa quedó limpia de polvo
pero llena de múltiples objetos que le otorgaban una vida de “cueva”, Yei había dejado sobre ella varios vasos de
café vacíos, algunas envolturas de comida y hojas garabateadas y arrancadas con
furia cuando la traducción se atrasaba o parecía estancarse en una idea incoherente.
Siempre volvía al mismo callejón
sin salida, con una palabra que se repetía en cada párrafo pero que no sonaba
completamente lógica con el resto del contexto: “tiempo”. Al final, decidió
usar un truco, buscó foros y propuso su propia teoría, discutió largas horas en
la madrugada para definir cuándo había surgido esa variante del griego y sus
diferencias con el actual. A Yei se le daban bien las letras, su padre le había
enseñado todas las cosas sobre las palabras, sabía cómo rastrearlas y hacerlas
parte de su cerebro de una forma tan sencilla como si de ponerse un par de
calcetines se tratara. Era un talento que venía de familia, por lo que no tardó
en deducir e hilar cada vez más frases que completaran la famosa página ahora
acariciada con tanto fervor que parecía haberse rejuvenecido y dejado el
amarillento color del paso de los años para tornarse más rojiza bajo los últimos
rayos de luz en el atardecer. Se quedó despierto por casi dos días hasta que
comprendió la odisea cuidadosamente detallada que ponía esa simple página, era
la introducción, alguien había logrado capturar el tiempo y los gruesos tomos
eran las instrucciones de su proceso.
Entonces volvió inmediatamente a
la biblioteca pero no se llevó su mochila, paso largo rato sentado frente a los
tomos, registrando una receta imposible que parecía que solo él podría leer,
era su obligación hacerlo.
Por eso lo hizo, pasaron más de
veinte meses antes de que los tubos con sustancias de colores llenaran el resto
de las mesas; Yei compró dos grandes escaleras y mandó poner andamios para él
mismo cerrar y abrir los tragaluces conforme necesitara de los rayos del sol.
Mudó su cama y su estufa a un extremo de la biblioteca, le hizo unas paredes
con los estantes y se estableció definitivamente entre el polvo, ya no le
irritaba para nada; su cabello antes de un castaño claro llegando a miel, ahora
era un amasijo de mechones grises que adornaban su rostro pálido, parecía tan
vivo como la biblioteca y lucía algunos años más por la barba descuidada que
empezaba a adueñarse de su mandíbula.
Ya no le importaban demasiado las
cosas del mundo, ni lo vano de su aspiración de inaugurar una enorme biblioteca en la ciudad, una que
llevará por nombre el apellido de su familia, que hiciera que su padre
estuviera completamente orgulloso de él desde cualquier lugar donde se encontrara.
Se repetía constantemente que había logrado por fin desapegarse del ego, que
tenía un destino más sublime, una misión con la humanidad.
Dejó que los matraces y los tubos, con sustancias tan amorfas y dispares
como los libros que lo observaban desde los estantes, lo llenaran todo: las
horas frías de la madrugada donde su roída chaqueta de mezclilla resultaba
insuficiente y los primeros minutos de
la mañana cuando los pajarillos interrumpían el silencio de un vasto espacio
cada vez más lleno de hojas tachadas con fórmulas que parecían pequeñas
hormigas a punto de salir del papel.
Y durante la noche seguía la
misma realidad que continuaba al día siguiente, el joven Yei casi desaparecía entre
el desorden de aquel improvisado laboratorio, pero se le escuchaba reír alegremente
cuando alguna predicción resultaba certera y los líquidos multicolores
burbujeaban en los tubos. Se sentía tan cerca unos días, que casi respiraba la
velocidad de la luz, como si pasara a su lado levantando el polvo y dejando una
estela de brillantes puntos dorados. No podía rendirse.
En realidad, nadie sabe cuánto
tiempo permaneció ahí, perdido junto con la biblioteca, hasta que una noche, un
estruendo azotó el silencio, unas líneas doradas aparecieron enmarcadas por las
estrellas y la vieja biblioteca murió por fin envuelta por las cálidas llamas.
Algunos dicen que Yei salió huyendo entre las ruinas, que cargaba unos tomos
viejos, parecía demasiado fuerte a pesar de estar cubierto de cenizas, dicen
que estaba envuelto en el halo dorado y que desapareció ileso. Yo prefiero
creer que capturó el tiempo, pero jamás logró encontrar un momento oportuno
para narrarnos cómo lo hizo.
Dicen que entre más
importa,
Más se llenan de
rubor las mejillas,
Más tiembla la
barriga cuando le ves.
Dicen que se esperan maravillas,
momentos de película,
Que no hay más vida
si no está cerca otra vez.
Dicen tantas
cosas que ya se confirmaron,
Relatan obsesiones que evocan la ternura,
De los días sin luna cuando le extrañas, cuando no puede ser.
Pero nunca te
dicen que pasa algo más extraño:
Una certeza rara
que te planta los pies,
Que te quiere dejar
cerca de su voz, de su mirada,
Algo que te dice
que ahí siempre es,
El lugar más perfecto y seguro,
donde todo lo malo no tiene razón de ser,
por una calma que vuelve…
Calma sorpresa
solo por verle reír.
“Todas las cosas tristes me aprietan el corazón esta
noche…”; escribió Michel con su teclado púrpura, la habitación estaba
completamente a oscuras pero la luz del ordenador dejaba iluminado su rostro y
los gruesos mechones de su cabello rizado.
En algún momento entre las doce de la noche y las tres de la
madrugada, el sueño le venció y perdió toda conciencia de su novela, de la
tristeza y del corazón apretado bajo su camiseta vieja. La noche paso y durmió
profundamente sin poder descansar del todo; cuando dieron las siete de la
mañana, despertó con la cabeza hecha de migraña y el cabello aún más revuelto.
La garganta estaba tan seca que toser le hizo arquearse
sobre la silla ejecutiva nuevamente, entonces recordó que anoche había olvidado
guardar los cambios en el documento de la novela. Abrió la pantalla,
ingresó su contraseña ultra segura y checó el documento, no se había perdido
nada, el cursor parpadeaba justo después de la palabra “noche”.
Respiro con alivio y se levantó rumbo a la cocina; hasta más
tarde, mientras esperaba en la fila de la cafetería, recordó el papel hecho
bola que cargaba en el bolsillo de su chaqueta, lo desenrolló discretamente y
observó cuidadosamente todas las líneas que
se debían llenar, no pedía nada extraordinario: nombre, su dirección de
correo electrónico, edad, comida
favorita, alergias…
-¡Que tontería! – dijo más alto de lo que esperaba y la
gente de alrededor le miró mal. De igual modo, sacó un bolígrafo pequeño y
empezó a llenar el papel, ni siquiera lo había decidido hasta ese momento y le
seguía pareciendo una tontería pero quiso saciar su malsana curiosidad.
Cuando encontró el buzón más cercano, lo tiró dentro y
siguió con su día.
Unos días después, su correo electrónico apareció con
notificaciones nuevamente, eran tres. En una se le daba la bienvenida y se le
explicaba todo el concepto de la sala de eventos. En el segundo se le daba una
lista e instructivo que tenía que aceptar como si fuera una hoja de términos y
condiciones cualesquiera, Michel lo hizo. Y por último, el tercer correo
electrónico tenía los accesos y claves correspondientes para continuar con la
experiencia.
Paso largo rato meditando los pro y los contra de ir a su
cita, pero al final terminó invirtiendo la última hora buscando el mejor
atuendo y peinando los rizos frente al espejo de su recamara. Cuando termino
aprobó su apariencia, se regaló una sonrisa y salió rumbo al restaurante.
La plaza donde se alojaba la sala de eventos era enorme,
había pasillos amplios, puestos alrededor, una fuente central, miles de
restaurantes pequeños de la más alta variedad; aquello era un lugar donde el
tiempo no pasaba igual que en el resto del mundo, un lugar donde, si quisieras,
podrías quedarte para siempre sin necesitar nada más.
Michel se dirigió hasta el restaurante hindú del fondo; era
muy elegante, así que se arrepintió de no traer el abrigo de gala en lugar de
su chaqueta de cuero. Suspiró y pidió el menú, su cita aún no llegaba por lo
que solo lo leyó varias veces para decidir, ya que sería de muy mal gusto pedir
antes de una persona que no conocía.
Fue entonces que un hombre de barba tupida y anchos hombros
llegó sonriente a la mesa.
-¿Michel? Soy Ethan…
-Hola, cómo estás –Michel intentó sonreír pero una mueca
incomoda eclipsó su rostro, Ethan se
sentó simplemente.
-¿Es tu primera vez, verdad?
-Sí, la verdad es que no me convence mucho este concepto…
-Pero es genial, te mostraré, comienza tú primero. – Michel
iba a hablar pero el mesero volvió y tomó la orden, cuando se fue; optó por
inclinarse más hacia Ethan como si aquello pudiera ser un secreto, y como si
todas las personas ahí no supieran ya a lo que iban.
-¿Así solamente? ¿Empiezo y ya?
-Sí, dilo todo… todo lo que quieras decir. Yo solo voy a
escuchar… y a responderte si me lo pides.
Michel tomó aire y sin querer, volvió a inclinarse más; el
aliento de Ethan olía a chicle de fresa cuando le sonrió pero logró
transmitirle más confianza.
-Crecí en un barrio muy pobre… mi familia era… cómo decirlo…
demasiado ruidosa, en lo cotidiano, quiero decir… lo típico, mi mamá decía “¡Bajen que ya está el desayuno!”, y mi
padre solía gritar “¡Que se hace tarde
para la escuela, levántense bola de…!”-Michel se detuvo a tiempo. –Lo siento…
me deje llevar.
-No, no, no te disculpes Michel, aquí puedes decir lo que
sea, en el contexto entiendo que no es una grosería para mí, créeme, no está
mal, al contrario vas perfectamente. – su expresión era sincera y tranquila.
-Bien… todo ese ruido hizo que me gustará lo contrario: el
silencio. Añoro cuando puedo solo sentarme frente al ordenador para escribir y
escribir, a veces lo hago por varios días seguidos, sin dormir, sin comer… solo
estoy yo y mi gato en casa, así que no hay problema – Mintió porque le daba
pena admitir que ni siquiera tenía un gato- digo, le dejo suficiente comida
para esos casos.
-Entiendo, entiendo. – sonrió amablemente Ethan.
-Entonces, en qué iba… ¡ah ya! El silencio es buena compañía
pero… hace tiempo ya… me enamore perdidamente de… alguien que ya no está… no
murió…eso… eso habría sido una respuesta, simplemente desapareció de la faz de
la tierra, no sé si por voluntad o porque le secuestraron… -Hubo silencio otra
vez, esperó un poco pero ahí nadie censuraba las palabras más tristes como en
las redes, ahí se volvían más reales y aplastaban más.-No me malinterpretes, no
quiero saber si murió, no quiero que muera… pero tampoco quería que me
abandonara… y ahora estoy tratando de superar esta situación. Es ridículo que
me duela tanto cuando siempre me acostumbre a hacer todo por mi cuenta,
estudiar, curarme las rodillas raspadas, bajar a prisa a hacer mis deberes,
arreglarme pronto para salir y que no me riñeran más. Nunca tuve una palmadita
en la espalda que me dijera: va, ahí tienes la recompensa de tu trabajo duro…
toda la vida ha sido una sucesión de obligaciones y de cosas que “quiero”, pero en realidad nunca he tenido claro lo que
quiero. Hasta que le conocí… y ya, es todo lo que quería decirte.
-¿De verdad, no se te ha quedado nada? Puedes decir lo que
quieras… está cita puede durar días seguidos, lo que quieras…
-No, está bien, solo quería decir algo conciso, por ahora…
te agradezco que me hayas escuchado. ¿Qué harías tú en mi lugar? – Ethan rió
amablemente, a Michel no le incomodó para nada, el tipo era confiable.
-¿quieres una opinión sincera o psicológica?
-La sincera por supuesto- Entonces Michel también rió.
-Yo conocería más gente, a la par que estaría abierto a
investigar más sobre qué le paso. Lamento que duela así pero lo que puedes
hacer ahora es limitado. Aunque si aún no lo sabías, hay una división de la
sala de eventos que tiene investigadores privados.
-Sí, tienes razón, creo que lo vi en algún anuncio. Ahora
cuenta tú…
-Claro, ¿te ha gustado la respuesta?, recuerda que puedas
continuar hablando tú si lo decides, en cualquier momento.
-Sí, muchas gracias Ethan.
-Bueno, yo nací en Detroit, me uní al ejército a los 18, soy
la viva imagen de mi padre, la misma barba y bueno, también militar, igual mi
madre era enfermera. Estoy felizmente casado también con una enfermera… -
Michel asintió para corresponder a la divertida sonrisa de Ethan. – He tenido
una vida en lo que cabe plena… bueno, no tengo una de mis pantorrillas…
Ethan se levantó el pantalón de lino y mostró una prótesis
plateada, Michel se mareó un poco de la impresión pero logró recomponerse y
seguir la conversación.
-Lo que me quita el sueño es mi hijo adolescente. – Continuó
Ethan – No quiere ser militar obvio, igual y tiene 14 años, tal vez cambie de
opinión, pero es un chico tan rebelde como quizá mis más reacios antepasados.
La plática continuo sin que se acabaran las sonrisas, Ethan
era agradable e incluso Michel le dio algunos consejos sobre su hijo, en base a
como se había sentido en su propia adolescencia. Cuando salió de la sala de
eventos, se cruzó con otro par de desconocidos que se hallaban sentados en la
banca del estacionamiento, los escucho ponerse de acuerdo; aquella platica duraría días porque la mujer
que hablaba en ese momento no paraba de llorar.
La experiencia era definitivamente una tontería, aunque algo le había aliviado; y sin duda el
paquete que pidió, el de un escucha cuyos problemas no fueran ni muy graves ni
muy ligeros comparados con los suyos, era justo lo que prometía.
Aun así, nada reponía el dinero que se había gastado
investigando la desaparición y aquella
inversión en la sala de eventos era lo último de su fondo de ahorros; ahora
tenía que dar punto final a esa etapa de su vida, donde el corazón aún latía en
su sitio y no solo en las letras de su novela. Podría ser feliz como cualquier
persona, pero tendría que perseguir la tristeza eternamente.
"Cada que apareces, algo tiembla.
Y yo finjo que no es el corazón."
Cristhian Daniel Gaona
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Hay algo terrible cerca de mi cabeza:
un miedo descomunal a arruinar los planes de la vida.
Un miedo que cala y quema como rayo,
que abrasa y mata como amor fugaz.
No podría perdonarme no volver a verte
porque algo me obliga a mirarte aún con los ojos cerrados,
ese algo que más bien está cerca del corazón.
Me gustas tanto como para pensar en ti cada día,
para relacionar todas las cosas bonitas con tu rostro,
para querer descubrirte cada día como se exploran los continentes desconocidos,
los mares y ruinas antiguas, para morir de asombro...
y de amor por ti.
Me gustas tanto y mucho, que se me atora el "hola"
y quedo como tonta cuando choco contigo.
"¡Qué ojos te cargas!
No puedo mirarlos más de cinco segundos,
los he contado,
un segundo más y me pierdo,
un segundo más y me delato,
aunque igual y un día de estos
me animo a sostenerte la mirada seis segundos,
qué más da que te enteres
que ya me tienes en tus manos,
igual y con algo de suerte
me dejas verlos hasta volverme viejo."
................... .................... ................. ..................
Tan solo basta mirarte a lo lejos,
escucharte hablar aunque no me veas,
basta mirar tu rostro enmarcado con las luces del sol,
para que todo cambie.
¡Sí, y cómo cambia! Basta escucharte hablar tan emocionada.
Basta ver tu sonrisa con los chistes malos que surgen a veces.
Y todo cambia, y cambia... y me gusta cómo va.
No quiero perder eso que va... no quiero perderte a ti.
Me esforcé por ser una loba solitaria.
Puse una armadura alrededor de mi pecho,
subí cientos de escalones, solo para gritar desde la cima
que mis caminos no representaban un mal trecho.
Podría rendirme ahora, en el vasto silencio.
Alrededor de la nada, con el rojo en mi pecho.
Podría pensar ahora que no tengo más que perder,
que el mal está hecho.
Y podría decir a quién sea, que la loba solitaria
ha pagado el precio.
Que no tiene más armas, que vaga sola de noche,
que duerme de día y se aleja, pero no sé de dónde se aleja.
Y la verdad es que quisiera,
no tener más de loba,
sino menos soledad y menos silencio.
Y eso es todo, queridos lectores y lectoras; después de todo lo que ha pasado éste año, no tengo más que desearles que el nuevo año que empieza sea para todos ustedes un año genial. Que podamos recuperarnos de todo lo malo y que lo bueno crezca y permanezca en nuestros corazones. Siempre hay un nuevo día por el cual luchar.
Con mucho cariño, María O.D.
La cultura mexicana en Estados Unidos se ve relatada en esta serie, que recorre la vida de las hermanas Hernández, que como dice la propia sinopsis: No pueden ser más diferentes entre sí. La vida las reúne con la muerte de su madre, quien era la propietaria de un bar llamado La Chinita, pero aquel lugar dista mucho de ser lo que las hermanas dejaron al partir, y además se encuentran con varios secretos que tenía su madre.
Emma, la mayor, es seria y explosiva, le gusta controlar todo a su alrededor, porque así le gusta la vida: práctica y ordenada; en cambio, su hermanita, Lyn, es incontrolable, nunca piensa antes de actuar, y puede ocasionar que la vida de quienes la rodean se ponga de cabeza, es como un huracán. Ambas se reprochan entre sí sus diferencias mientras intentan sacar a flote su bar, y conviven con las personas de la vida de su madre, y con las personas de su niñez que habían dejado atrás al marcharse del barrio.
Poco a poco se van habituando a su nueva realidad, pero cometen cada una a su manera una serie de errores que las llevaran a tener que tomar enormes decisiones sobre lo que era y lo que será su vida.
Así, la serie trata sobre la vida, sobre los amores, las decepciones, sobre luchar contra corriente, sobre sentir desesperanza, vergüenza, y gritar de nostalgia entre cerveza y tequila, de resistir una noche más, una mañana más. También es una serie con representación LGBT, y hace conciencia sobre las luchas extras que se llevan en varios aspectos.
Los personajes son especiales, cada uno aporta su personalidad para resaltar la historia en la serie, los hay muy queridos, y muy odiados; cada uno con sus propias luchas y alegrías. Me gustó mucho el humor que podía verse entre los problemas de lo cotidiano, y como lograban superar todo, o simplemente rendirse y cambiar de rumbo, cada a su manera o caminando de la mano con sus seres queridos.
Lyn evoluciona y aprende en su camino cómo luchar por lo que quiere, además de llevar el psicoanálisis de su propia vida, porque si nadie la entiende por completo, ella está para hacerlo. Mientras tanto, Emma aprende a reconciliar sus amores, y siento que el cambio en su última relación estuvo muy bien planteado, se nota como está más relajada, como nunca antes la habíamos visto.
Los capítulos son cortos, de aproximadamente media hora; las tres temporadas se pasan volando y me habría encantado ver una cuarta o quinta o sexta temporada más. La acción no para y el tiempo pasa rápido porque toda la serie se lleva en aproximadamente seis meses de la vida de los personajes.
Si quieren ver una serie entretenida, con representación LGBT, drama, amor y reflexiones sobre lo que significa luchar y vivir, no se equivocarán al dejar entrar a su vida... a VIDA.


El evangelio que escuchamos hoy nos transporta a un momento de la historia muy parecido al que vivimos ahora, o al que se ha vivido siempre: la división. Siempre nos separa algo, la religión, el sexo, el equipo de fútbol, la raza, el estatus social.
No son al final las diferencias lo que nos condenan, pues siendo únicos en el mundo somos igual de valiosos ante Dios, a fin de cuentas, es lo que hacemos con esas diferencias lo que nos separa y lo que nos hace sufrir.
Si tuviéramos un poco de la fe de esa mujer, para reconocer con humildad nuestra carencia y lo mucho que nos necesitamos unos a otros, aprenderíamos más fácilmente a amar y a ser felices amando, que es a lo único que hemos venido al mundo.
Que tengamos más fe.
María O.D.